Naturaleza: La inversión pendiente para nuestra seguridad hídrica por Diego Luna
“En un escenario donde el agua será cada vez más escasa y estratégica, asegurar el futuro hídrico del país dependerá tanto de las obras que construyamos como de los ecosistemas que decidamos recuperar. La inversión más inteligente para enfrentar la crisis del agua podría no comenzar con más hormigón, sino con reconocer que la naturaleza no es un costo, sino un activo estratégico en el que debemos invertir”
PAÍS CIRCULAR – Mientras Chile proyecta millonarias inversiones para enfrentar la crisis hídrica, la adaptación al cambio climático y el fortalecimiento de la gestión de sus cuencas, hay una pregunta que sigue estando ausente en el debate público: ¿estamos invirtiendo donde realmente nace la seguridad hídrica?
La discusión sobre soluciones suele concentrarse en embalses, desaladoras, trasvases o nuevas redes de distribución, que sin duda son necesarias. Sin embargo, existe una oportunidad de inversión que continúa siendo subestimada: recuperar y conservar los ecosistemas acuáticos y terrestres asociados que hacen posible el ciclo del agua.
Soluciones basadas en la Naturaleza como los bosques nativos, humedales, turberas, vegas altoandinas, riberas y suelos saludables constituyen una verdadera infraestructura natural. Regulan caudales, almacenan agua, favorecen la infiltración hacia los acuíferos, reducen sedimentos, amortiguan inundaciones y mejoran la calidad del agua. Cuando estos ecosistemas se degradan, también aumenta el costo de inversiones en obras para abastecer de agua a ciudades, actividades productivas y comunidades rurales. Por eso, proteger y restaurar la naturaleza dejó de ser únicamente una política de conservación. Hoy constituye una inversión estratégica para fortalecer la seguridad hídrica, aumentar la resiliencia frente al cambio climático y reducir riesgos económicos y sociales.
El desafío de Chile ya no es demostrar que las Soluciones basadas en la Naturaleza funcionan, sino que crear las condiciones de política pública e incentivos necesarios para invertir en ellas a la escala que exige la crisis hídrica.
Actualmente, nuestro sistema de planificación, regulación e inversión continúa privilegiando la infraestructura tradicional. Resulta por lo tanto más sencillo diseñar, financiar y evaluar una obra de ingeniería que restaurar una cuenca o conservar un humedal, aun cuando estas últimas intervenciones puedan generar beneficios durante décadas. Mientras una planta de tratamiento tiene un propietario claramente identificado, los beneficios de un ecosistema saludable se distribuyen entre múltiples actores: empresas sanitarias, agricultores, comunidades, municipios, sectores productivos e incluso generaciones futuras. Esa diferencia explica, en gran medida, por qué seguimos invirtiendo mucho menos en infraestructura natural de lo que sería social y económicamente conveniente. Sin embargo, nuestro país se encuentra en un momento especialmente favorable para cambiar esta lógica.
La implementación del Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas, el desarrollo de los Planes Estratégicos de Recursos Hídricos en Cuencas, la aplicación de la Ley Marco de Cambio Climático y la creciente necesidad de fortalecer la resiliencia frente a eventos extremos ofrecen una oportunidad inédita para integrar la naturaleza dentro de la planificación hídrica nacional. Paralelamente, empresas sanitarias, gobiernos regionales, municipios, organizaciones de la sociedad civil, comunidades y centros de investigación han demostrado que proteger una cuenca también es una forma eficiente de asegurar el agua para las personas. No necesitamos seguir acumulando experiencias exitosas, sino que debemos construir las condiciones para escalarlas.
Esto exige superar una visión fragmentada de la gestión de intervenciones sobre los recursos hídricos. La seguridad hídrica involucra al Ministerio de Obras Públicas, al Ministerio del Medio Ambiente, al Ministerio de Agricultura, a los gobiernos regionales, al sector privado, a las empresas sanitarias y a las comunidades que habitan las cuencas, en total hay 56 instituciones del Estado que tienen atribuciones para gestionar los recursos hídricos. Sin una buena gobernanza que coordine estos actores será difícil transformar buenas iniciativas en una estrategia nacional.
También exige modernizar la forma en que evaluamos las inversiones. Durante décadas hemos comparado infraestructura gris con infraestructura gris. El desafío ahora está en diseñar sistemas híbridos, donde infraestructura natural e infraestructura construida se complementen. Restaurar un humedal puede disminuir los costos de tratamiento del agua; recuperar un bosque ribereño puede reducir la sedimentación de un embalse; conservar una cuenca puede evitar inversiones mucho más costosas en el futuro. Cuando estos beneficios se analizan de manera conjunta, la naturaleza deja de verse como un gasto ambiental y pasa a entenderse como un activo estratégico para el desarrollo. Aquí aparece probablemente la mayor oportunidad.
Chile deberá movilizar miles de millones de dólares para adaptarse al cambio climático durante las próximas décadas. La pregunta no es si habrá recursos, sino cómo se invertirán. Si el país desarrolla reglas claras, instrumentos financieros adecuados y mecanismos que reconozcan el valor económico de los servicios ecosistémicos, las Soluciones basadas en la Naturaleza pueden transformarse en una nueva cartera de inversión para la seguridad hídrica.
Los instrumentos ya existen. Fondos de agua, pagos por servicios ecosistémicos, bonos verdes, financiamiento climático, seguros asociados a la resiliencia y alianzas público-privadas pueden canalizar recursos hacia la restauración de cuencas estratégicas. Incluso el sector financiero comienza a reconocer que invertir en capital natural puede reducir riesgos y proteger activos económicos de largo plazo. Pero ninguna de estas oportunidades prosperará sin instituciones capaces de ofrecer confianza. Se necesitan reglas estables, metodologías para valorar los beneficios que generan los ecosistemas, sistemas de monitoreo robustos y una gobernanza que entregue certeza a quienes invierten. De lo contrario, las Soluciones basadas en la Naturaleza seguirán dependiendo de proyectos piloto, cuando podrían convertirse en un componente permanente de la política hídrica nacional.
La pregunta no es si la naturaleza aporta a la seguridad hídrica, sino más bien si Chile será capaz de incorporar ese valor dentro de sus decisiones de inversión. En un escenario donde el agua será cada vez más escasa y estratégica, asegurar el futuro hídrico del país dependerá tanto de las obras que construyamos como de los ecosistemas que decidamos recuperar. La inversión más inteligente para enfrentar la crisis del agua podría no comenzar con más hormigón, sino con reconocer que la naturaleza no es un costo, sino un activo estratégico en el que debemos invertir.
Fuente: País Circular, Martes 16 de Junio de 2026
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